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¿En qué más lo ayudamos, mister?

 

El arreglo al que por fin se llegó en las negociaciones en torno a cambios al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) le ha permitido al presidente Trump, hiperbólico como es él, otra vez pavonearse de su gran talento diplomático, burlarse de sus predecesores demócratas y del TLC, al que durante su campaña electoral denunció como el peor tratado que jamás se hubiera firmado. Nunca en la historia de los tratados comerciales, decía él, se había visto una cosa igual. (Por mala) Ahora dice lo mismo, pero al revés, nunca en la historia de los tratados comerciales se había visto una cosa igual: (Por buena) Y nosotros, con toda humildad y comedimiento lo hemos ayudado en su autopromoción.

Expertos en comercio internacional opinan que la nueva versión del TLC, que ahora se llama, de manera impronunciable Usmca, aunque sería más fácil hablar de ella si modificamos el orden de las sílabas y lo llamamos, por ejemplo, Musca, Usmeca –aunque suena un poco mesooriental– Cameeu, Eumeca o Mecaeu, poco tiene de nuevo salvo en la industria automotriz y en productos lácteos. (Geoffrey Gertz, “5 things to know about USMCA, the new Nafta”, Brookings, 2/10/18) La mayoría de los cambios son cosméticos, pero si no van a resolver los problemas que Trump señaló durante la campaña, lo van a ayudar a que utilice este episodio para que hable de sí mismo, para que se promueva y se presente ante su opinión pública como el gran negociador que supuestamente es.

Nada podía convenirle más en estos momentos en que está de nuevo bajo el ataque del New York Times, que, con base en una seria investigación acerca de los orígenes de su fortuna, y de su estatus fiscal, ha descubierto que la historia de que es un self-made man no es más que un engaño, una simulación. La verdad es que Donald Trump es millonario de nacimiento, que a los tres años de edad recibía de su padre un sueldo cercano a los 200 mil dólares anuales, por concepto de trabajos de asesoría, pero el propósito de esta canonjía —porque no podía ser otra cosa– era no pagar impuestos. Lo que también es cierto es que es muy mal empresario, que ha estado varias veces en bancarrota y que en cada caso, su padre lo sacó del apuro.

Ahora como antes, hemos ayudado al señor Trump al ceder a la primera a sentarnos a la mesa de negociaciones, que debió haber sido de tortura, cuando creyó que nos podía presionar, insultar, ofender de gratis, y que, nosotros , íbamos a bajar la cerviz y esperar sus instrucciones. Así, a la primera, sin que hubiéramos reaccionado a su propuesta, el presidente Trump asumió una actitud amenazante –casi gangsteril– para imponer sus términos. La verdad es que el canciller Videgaray, que no ha sido precisamente un portador de las mejores tradiciones de la cancillería mexicana, había mostrado tal capacidad de digestión de la agresión que no es de extrañar que Trump pensara que así reaccionamos los mexicanos cuando nos amenazan, o cuando el poderoso simplemente nos invita un café.

La amenaza era innecesaria. De cualquier manera hubiéramos aceptado la renegociación del acuerdo, faiblesse oblige. Sin embargo, cuando del presidente estadunidense Donald Trump se trata la majadería es inevitable porque es su estilo, es su manera de entender las relaciones internacionales. Tal vez no debemos sentirnos ofendidos porque la diplomacia trumpiana ha sido igual para todos sus aliados, a quienes ha vejado sin misericordia, convencido de que es la manera más expedita de alcanzar sus objetivos.

Sin embargo, ahora otros aliados de Estados Unidos nos reprochan nuestro estoicismo porque estimula a Trump a seguir comportándose de esa manera. Como afirma Gertz, el autor antes citado, el presidente de Estados Unidos maltrató a los mexicanos y a los canadienses con tal de sacarles unos cuantos centavos más. Lo único que en realidad ganó fue el rencor de unos y otros, independientemente de que el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, le prometa amor y paz.

Fuente – Soledad Loaeza

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